La Victoria del Boquerón…
1 octubre 2012
Me llamo Bocarte, algunos me llaman Boquerón, otros anchoas, aunque también en mi casa de pequeño me llamaban victoriano. Pero bueno, hoy realmente os quiero hablar de mí, de mis nadares, contaros otra forma de vida, otro enfoque sobre mi especie. Quizás, nunca tuvieron la oportunidad de que un azul como yo os hable y se desnude emocionalmente ante ustedes.
Nací hace tres años y medio, en una familia bien acomodada del barrio de El palo, en mi amada Málaga. Mi familia emigró desde el norte hace ya dos lustros, y sé que allí nos respetaban, nos tenían admiración, incluso sé que nos metían en salmuera para embalsamarnos y velarnos durante el invierno. Mi madre siempre fue muy religiosa, por eso todo los años decía que la Virgen de la Victoria se aparecía en frente de las costas malagueñas, a unos 200 metros, y que no sólo alimentaba nuestras almas, si no que también alimentaba nuestras finas carnes. Por eso ella peregrinó desde tan lejos, por eso ella nos llevó a un colegio de congrios capuchinos. Es como todo en la vida, con presión… rebelión. Al final perdí bastante la fe en todo lo que fuese religioso.
Fue mi madre la que llevaba las escamas de mi casa. Mi padre, el pobre, era un boquerón, pero vamos, boquerón, boquerón, vamos que mi padre era muy feo, que se llegó a comentar si fue destetado con un mal plancton o filtro de gasolina en Gibraltar, no sabemos, pero de lo que estoy seguro es que no fue por su físico. Mi madre no era normal, era algo tan bello, era la plata animada, aún recuerdo su destello en los contraluces traspasando aguas de bajura, cómo navegaba, cómo se arrimaba al grupo sin tocar al centenar de conocidos y desconocidos, aún recuerdo lo malo de tener una madre tan resultona. ¿Sabéis lo mal que lo pasábamos? ¿Sabéis lo que es estar todo el día corriendo? He visto bonitos, toninos, serruchos, alistados, melvas, chovas, peces limones, y allá por Cádiz, corvinas, pargos y algún que otro hijo de su madre que nos ha hecho la vida imposible. He llevado una vida ansiosa, una vida filtrando vida, una vida buscando mi poder, como hizo Superman con su criptonita. Yo debo confesar que mi vida es la búsqueda del plancton. Esa es mi vida, eso es lo que a mí me hace feliz, lo que llena mi vida de emoción, lo que hace de mí un manjar, el que texturiza mis carnes de sabor.
¿Me dejáis que os cuente? De verdad, os quiero explicar lo que siente mis agallas cuando me meto esas partículas en suspensión, esas microalgas que buscan luz, agua y temperaturas. Ellas sólo le piden a Neptuno hacer su fotosíntesis, no roba nada ni a nadie, y encima están a merced de mi mar, de sus corrientes, de sus constantes cambios. Sé que suena un poco vicioso todo esto que os cuento, aunque ustedes, los humanos, son los menos indicados para calificarme de vicioso. No es por nada, pero cada bocanada de aire que realizan desde que nacen hasta que mueren, es gracias a mi vicio, es gracias a mi alimento mágico. Reconozco que pierdo la visión de mi humor vítreo, que mi adrenalina sube por cada bocanada de aguas planctónicas, que mi corazón bombea plena felicidad. Discúlpenme, no son horas de hablar de estas cosas, pero ni el mayor de mis apareamientos logra un estado tan gustoso. Todo cambió el día que pensé que mis nadares iban a acabar. Marisqueando cardúmenes me encontraba frente a la Caleta de Vélez, donde suelo alimentarme, y no me quejo, pues cosas sanas comía ese día cuando un albatros me cogió con su pico y no pude hacer nada. En ese momento, en las garras de ese animal, pensé que mi corazón iba a dejar de latir. Deseaba que, en ese momento, el mal pájaro bajase al agua, pero eso no ocurriría, y cada vez me sentía peor. Mi ventresca (así creo que le llamáis), empezaba a soltar trozos de mí, empezaba mi declive, empezaba mi cuenta atrás.
De repente, plooooffffffff contra la mar. Aturdido, pero aún vivo, quedé a merced de la corriente, consciente de que respiraba, aunque no podía moverme. Era como si mi médula espinal hubiera sido dañada por el tremendo golpe. Pasaba sobre pastos de algas y piedras coralinas, no sé si aquello era una alucinación, pero pasaron por mi mente las imágenes más bonitas que mi humor vítreo hubiera visto. Tras un ruido estremecedor en mi cabeza, llegó el silencio. Un grupo de lubinas marbellíes me recogió entre algodones de plancton y marfil calcáreo. Pensaba que iban a comerme, pero empezaron a acariciarme, me estaban intentando reanimar. Yo no lo entendía nada, ¿por qué no me comen? Del shock me desmayé, y lo último que recuerda mi cabeza son estas palabras!!!!! BIENVENIDOS A LA VICTORIA!!!!
Tres meses más tarde, tras muchas lunas, mares de fondo y bajamares, mis ojos se abrieron… Me encontraba sobre una cama de cieno fangoso. Realmente aquello era el paraíso: pastos de plancton se mecían en las corrientes, el oxígeno abundaba, la paz, la calma, el respeto, el silencio. Al fondo, una silueta, al fondo, la causante de mi cura, al fondo, la Virgen de la Victoria mecía sus cabellos al vaivén de las corrientes, alumbraba su estela la luz del mar abisal, la bioluminiscencia provocada por los cardúmenes planctónicos.
La leyenda que contaba mi madre era cierta!!! Mi cuerpo había cambiado, era otro, casi 70 gramos más desde mi tragedia con aquel albatros. Era un boquerón Victoriano, joven y fuerte, jamás antes escuché que mi especie llegara a esa talla 240 gramos. He conseguido apaciguar a los calamares de potera, reanimar a las anguilas, limar las asperezas con las corvinas, luchar por los derechos de la concha fina y las quisquillas. Aquí, todas las especies gozan de una norma, nos quedamos para seguir contando a las siguientes generaciones nuestra existencia, debemos mantenernos aquí en estas aguas, queremos volver algún día a escuchar la voz del marengo exaltada por una pesquera plateada en el copo, queremos sentir el cuerpo de nuestros hijos apretando el fondo de un canasto de esparto, de fondo el sonido de una moto, el canto de un cenachero de portal en portal, de puerta a puerta, componiendo al hombre de hierro, magnesio, yodo y un santiamén de proteínas buenas.
Soy el Rey entre jureles, caballas… Soy el que va a cambiar la historia de mi especie, soy el filtrador de la sangre del mar, por mis agallas corren nutrientes y zooplancton. Soy yo, el boquerón malagueño, aquel que custodia el Rincón de la Victoria, el que espera, el que mantiene la tradición de la pesquería Malagueña, el que apoda nuestra gentes. Sí, soy yo, el Boquerón de la Victoria.



